20 jun 2012

Momentos

Sentada a la orilla del río la vida parece más sencilla.  El agua fresca y clara alivia mis pies cansados del camino y vuelve mi alma cristalina. Puedo sentir el mundo entero rodeándome, y tu alma junto a mí. No necesito volverme para saber que estás ahí, observándome.  De pie, apoyado en el tronco del viejo nogal, te deleitas con mi imagen. La caminata ha sido larga pero me has encontrado. Te has acercado despacio, no quieres romper la magia del momento, pero el momento es mágico solo porque tú estás en él.  Una suave brisa responde a mi sonrisa. Respiro profundamente, llenándome de tu presencia. Como atraído por un imán, comienzas a caminar, despacio, hacia mí. Tu mano toca mi hombro, llevo mi mano a la tuya y me lleno aún más de ti. Sobran las palabras. Te sientas detrás de mí, tus piernas a cada lado, junto a las mías, tu pecho pegado a mi espalda, tu mentón apoyado en mi hombro. Coges mis manos y me abrazas. Me rodean tus brazos y los míos. Reclino levemente mi cabeza hacia la tuya. Dulce momento recogida en ti y en mí. Es tan fácil quererte. La brisa sopla ahora más ligera, incluso el trino de los pájaros es más suave, hasta el gorgojeo de la corriente parece sonar con mucha más mesura. El tiempo y los elementos se unen a nuestro silencio, dejando en evidencia la locuaz conversación de nuestros sentidos. Con cada latido de tu corazón vas tatuando tu nombre en mis células, adueñándote de mí y, sin embargo, nunca he sido más libre. Navegas por la inmensidad de mi alma siguiendo el mapa de mi cuerpo. Nada me produce más emoción que sentir tu alma desbordando mi piel, ni más felicidad que ser la custodia de tu corazón.

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