Faltan tres días para la celebración. En el pueblo, las mujeres casadas cosen las bolsitas que las doncellas rellenarán con las flores recogidas en el campo la víspera de la fiesta, y que se ofrecerán a los dioses como regalo. Los hombres preparan la leña y el suelo para encender las fogatas. El entusiasmo es generalizado. Es una de las fiestas mayores, la más vibrante de todas, especialmente para los más jóvenes que esperan que la diosa les conceda el amor de sus sueños.
En las afueras, en el templo, las siervas de la diosa trabajan en los preparativos del ritual. Ya han escogido el lugar donde se celebrará en esta ocasión la representación de la unión entre el dios y la diosa. Siempre es diferente, la diosa les lleva a él. Desde hoy hasta el día del ritual, cada noche al despuntar la luna, se reúnen para elevar sus cánticos. Preparan la atmósfera, se unen a la Madre Tierra. Cuando la luna está en su cénit, regresan al templo. En la sala de los aromas, preparan la mezcla para los baños rituales. Para él, canela, sándalo y clavo; para ella, pétalos de rosas, jazmines y loto. Cada uno en su sala, se sumerge en la templada y aromatizada agua, cada noche, durante las tres previas al ritual.
Va cayendo el sol. Los hombres se afanan preparando las pilas de leña que arderán en breve encendiendo los fuegos de Beltane. Las mujeres dan los últimos retoques a los altares en los que se depositarán las ofrendas para la fertilidad. Los momentos previos son los más emocionantes. Una atmósfera de vitalidad los envuelve a todos. Los hombres sienten su virilidad y les hace mostrarse gallardos; las mujeres se envuelven en su manto de seducción y lucen irresistibles; los jóvenes sonríen, sus ojos chispeantes, por el recuerdo de su picardía real o anhelada.
En el templo, también se realizan los últimos preparativos. El siervo más joven de la diosa ya ha recibido su último baño de esencias. Están dibujando sobre su cuerpo símbolos de fertilidad con pigmentos naturales. El rostro se vela con una máscara que oculta su identidad. En la cámara central, la sacerdotisa de la diosa también ha recibido su baño y también es tatuada. Cada uno llegará al lugar de celebración del rito por separado. El siervo de la diosa ha de recibir la llegada de la sacerdotisa.
Llegó el momento ¡prenden los fuegos de Beltane! Y la danza alrededor de las hogueras comienza. Mientras, en el bosque, dos cortejos alumbrados con antorchas caminan siguiendo senderos distintos. El más avanzado, formado por los siervos de la diosa, escolta al joven que representa al dios. Por el otro sendero, las siervas acompañan a la sacerdotisa, representante de la diosa. El primer cortejo alcanza el lugar elegido, un pequeño prado no muy abierto, rodeado de árboles: El círculo natural que se eleva en altar. Los siervos de la diosa se colocan en semicírculo, clavando sus antorchas en la tierra. El joven espera en el centro la llegada de la sacerdotisa. El cortejo femenino llega. Las siervas se colocan completando el círculo, mientras que la sacerdotisa avanza hacia el centro. Comienza el ritual. Elevan cánticos al dios y a la diosa. Ensalmos suaves que van llenando la atmósfera de una vibración y una energía especial. En el centro, siervo y sacerdotisa dejan caer sus túnicas mientras sostienen el uno la mirada del otro. Sus cuerpos tatuados brillan con el reflejo de la luz de las antorchas, juego de luces y sombras que les da la apariencia de auténticos dioses. Y envueltos en esa atmósfera, comienza su unión. El muchacho rodea con su brazo la cintura de la sacerdotisa, atrayendo su cuerpo hacia él, mientras con su otra mano acaricia su mejilla. Se acerca despacio a su oído, nadie sabe qué le susurra, pero todos pueden percibir el estremecimiento que se produce en ella. Siguiendo un movimiento de retroceso, roza su mejilla con la de ella, buscando su boca. Sus labios se encuentran, se besan despacio, encendiendo su fuego. Se abrazan, se van dejando caer hasta alcanzar el suelo. Tendidos en la alfombra de flores, continúan su beso, más profundo, más intenso. Sus manos van resbalando por sus cuerpos, creando suaves caricias, dibujando con sus dedos trayectos secretos por los que camina su deseo. Poco a poco van intensificando el ritmo. Sus cuerpos se tensionan por el placer. En medio de los salmos van intercalándose los primeros gemidos. Los siervos van adaptando su salmodia al compás que marcan los amantes. Unos y otros suenan como una orquesta dirigida por la pasión que fluye de ellos. El joven se deleita en los pechos de la sacerdotisa. Los recorre con sus labios, los acaricia con su lengua y se excita al beber el deseo que mana de sus pezones. Ella acaricia con sus manos el pene del joven, lo frota, lo acerca a sus muslos, lo atrapa entre sus manos como si estuviera dentro de ella desplazando su piel una y otra vez. Notan la humedad de sus cuerpos y se desean aún más. Se giran y mutuamente saborean sus sexos. Ella acoge en su boca el pene mientras él pasea sus labios y su lengua por los labios íntimos de ella. Juega con su clítoris mientras su pene se endurece más y más por el contacto húmedo de la boca y las caricias de la lengua. Se van derramado uno en el otro, se ansían cada vez con más fuerza, su pasión se va transformando en lujuria, sus gemidos mueren en sus sexos y los salmos suenan más altos. El joven nota como se tensa su pene, dejando escapar unas gotas de semen. Lo saca de la boca, se gira de nuevo y deja caer su cuerpo ligeramente sobre el de ella. La mira unos instantes, completamente quieto. Sus ojos son hogueras de deseo, su pene está colocado justo delante de la vagina. Segundos de quietud y silencio entre los amantes, que enciende aún más su deseo. Lentamente, sin apartar los ojos de ella, la va penetrando, muy despacio. El movimiento es casi imperceptible, pero el placer que provoca en ambos es infinito. Van gimiendo según crecen sus ansias y cuando están completamente unidos sueltan un grito que da comienzo a su baile. Despacio, mueven sus caderas, atrayéndose el uno al otro, sintiendo en cada célula de su cuerpo el placer de su movimiento. Aumentan el ritmo, progresivo, más, un poco más, los salmos aumentan también su intensidad. A veces sale casi completamente , despacio, sin perder el contacto, y vuelve a penetrarla lento, para retomar su ritmo cada vez más y más intenso. Los salmos reciben un nuevo coro, el de los gritos entre gemido y gemido que se escapan de sus bocas. Ya no pueden bajar el ritmo, su placer es una espiral ascendente que los envuelve. Están a punto de estallar. Se acerca a su boca, la besa con lujuria mientras sus caderas se mueven sin parar. Más movimiento, más deseo, más calor, más fuego, más aaahhhh! Se rinden a su orgasmo completamente envueltos en su pasión. Los salmos acompañan el momento cumbre y cesan justo cuando los amantes terminan su coro. Tendidos el uno junto al otro, van recuperando poco a poco el aliento. La unión entre el dios y la diosa se ha consumado un año más, asegurando la continuación de la vida.
En el pueblo, los campesinos se retiran poco a poco. Las hogueras ya casi están consumidas. El bosque resguardará a los amantes que, guiados por la diosa, unirán sus cuerpos y sus almas en el ritual de la vida.
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