Aún huele a ti. Tu aroma permanece en el tejido como un tatuaje imperecedero. No puedo evitar acercarla a mí y aspirar su aroma, tu aroma… ese aroma que tantas veces me ha arrebatado el sentido y me ha rendido a tus brazos. La estrecho entre los míos, mi abrazo es para ti, pero no estás. Siento el vacío que llena los espacios huecos de las mangas, y echo de menos el tacto de tu piel. Inmersa en mis emociones, dejo caer mi albornoz. Lentamente me visto con tu camisa, primero una manga, luego la otra. No abrocho los botones, la dejo abierta para arrebujarme en ella. El tejido se pega a mi piel aún húmeda del baño. Un escalofrío recorre mi espalda, te siento tan cerca ahora, pegado a mí… Me siento al filo de mi cama, quiero conservar el momento. Mis brazos se cierran sobre mí misma abrazando un recuerdo que el aroma de tu camisa trae a mí. Recuerdo tus dedos acariciando mi piel, y siento el mismo deseo de entonces. Mis manos siguen ajenas a mi consciencia el recorrido de tus dedos: bajan por mi cuello, descienden por los hombros recorriendo mis brazos, acarician mis manos y regresan ascendiendo suavemente; bordean mis pechos varias veces, como si se hubieran quedado atrapados por la fuerza atractiva de mis pezones; se acercan a ellos pero no los tocan, los reservas para tu boca. Siguen bajando por mis costados, muy suave, no quieres hacerme cosquillas; te acercas a mi sexo pero también lo evitas. Avanzas por mis piernas hasta llegar a mis pies, y subes de nuevo. Nunca sé cuantas veces dibujas tus líneas de placer sobre mí. Siempre me sorprendes. Dices que son las líneas de la partitura sobre las que descansan las notas de una sinfonía, nuestra sinfonía. Y en esa sinfonía me pierdo, gimiendo al compás de tu batuta. Mis piernas se abren al ritmo de tus caricias, mis caricias, invitándote a entrar en mi templo. No sé cuando me he recostado. Mis dedos siguen a los tuyos, que aceptando la invitación recorren ahora mis labios íntimos de arriba abajo, de abajo a arriba siguiendo mi forma, como antes recorriste la longitud de mi cuerpo. Busco tus ojos con los míos, y encuentro tu mirada siguiendo a tus dedos. Estás deleitándote con tu obra, como un artista que va pulsando las teclas de su piano creando su melodía improvisada; así vas acariciando mi piel. Y al igual que el artista se mete en su música y se eleva, tú te metes en el compás de mis gemidos y te excitas. Alcanzas, alcanzo mi clítoris y lo frotas arrancando un gemido en una octava superior; noto como engorda al contacto con tus dedos, mis dedos. Mi espalda se arquea mientras siento placenteros escalofríos recorrer mi cuerpo. Mis caderas se elevan y descienden y vuelve a arquearse mi espalda siguiendo el ritmo que marca el placer que creas en mí. Un ritmo cada vez más intenso, un compás más corto…Ahora tus ojos buscan los míos. Engancho mi mirada de lujuria en la tuya, lasciva, y aprovechando la elevación de mis caderas metes tus dedos dentro de mí. Gimo fuerte, tensando mi cuerpo al sentir tus dedos, mis dedos, abriéndose paso en mi vagina. Deslizan, giran, entran y salen acompañados del solo de voz que crea el placer de tu obra. Me extasío con tus notas, me derramo en tus dedos y tú sigues y sigues en corto compás, más rápido, más intenso… Quieres cerrar tu creación con una explosión de musicalidad. Más, más, más… me miras y en tu mirada hay fuego. Tu fuego entra por mis ojos, prende mi cuerpo y al alcanzar tus dedos provoca un orgasmo que me sacude entera. Aaaahhhh!.... Tus dedos, mis dedos, salen de mi y escriben tu nombre en mi sexo. Firmas tu obra con mi placer.
Tu camisa lleva ahora, también, el aroma de mi piel.
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