31 may 2012

La invitación de Afrodita

Sentada al borde del estanque, Afrodita observaba el mundo de los mortales. Pasaba muchas horas allí. A través de las aguas mágicas del Olimpo, repartía su magia entre los amantes, despertando la pasión en ellos. Era una labor muy estimulante. Sin embargo hoy, Afrodita observaba distraída, su mente estaba atrapada en un solo pensamiento: él. Recordó algo. Se levantó y se dirigió a su palacio. La residencia de Afrodita en el Olimpo era una de las más hermosas del monte. El palacete estaba rodeado de jardines siempre en flor, estratégicamente diseñados para disfrutar de un paseo inspirador o un íntimo retiro. El sonido del agua de las fuentes, volvía el ambiente aún más inspirador. Las estancias, amplias y cálidas, reflejaban la armonía y el gusto por la belleza de quien regía aquel lugar: Colores cálidos, ramos elaborados con las mejores flores del jardín, fruteros exhibiendo las más ricas y variadas frutas, asientos aterciopelados, grandes almohadones…Todo en aquel lugar invitaba al deleite. Llamó a su mayordomo. -Prepara lo necesario para el almuerzo. Tengo visita. - Luego se dirigió a una de sus damas: el baño. Afrodita se sumergió en la templada y aromatizada agua de su bañera. El tacto del agua era uno de los placeres a los que no se podía resistir. La esponja deslizando por su piel parecía la mano de un amante encendiendo con cada caricia la llama del placer. En su alcoba, sus damas se dispusieron a vestirla, peinarla y perfumarla: Túnica de seda blanca, ceñidor de oro, pelo ondulado salpicado de hermosas perlas y una gotas de esencia cuya mezcla nadie conocía, ni siquiera ellas. Era todo un ritual de belleza y un tributo a su diosa el que las damas ofrecían en su servicio a Afrodita. Y sabían que no era en vano. Los sirvientes de esa casa eran los más felices. Salió. Regresaba al estanque, nexo de unión entre el mundo de los mortales y el Olimpo. A su paso despertaba la pasión de los dioses y los celos de las diosas. Eso no era nuevo, todos estaban acostumbrados al remolino de Afrodita. Pero hoy el remolino era casi un huracán. Los destellos dorados de su piel resplandecían como nunca. Sabían que algo tramaba, y eso los arrastraba aún con más fuerza a sus pasiones. Se sentó de nuevo al borde del estanque, susurró un ensalmo mientras rozaba el agua con sus dedos y desapareció. Alejado del mundo por un rato, perdía la vista en el azul del cielo. Echado sobre la arena, brazos detrás de la nuca a modo de almohada, remangados los pantalones, dejaba que las olas del mar barrieran sus pies. Refrescante masaje que junto al rumor del mar relajaba su mente, pero no su corazón. Pocos son los mortales tocados por los dioses, y menos aún los que conservan el recuerdo. El no solo conservaba su recuerdo, sino que podía traerla a su lado a voluntad sin más que pensar en ella. Y tendido en la arena, aspirando la sal del mar, no había pensamiento ni deseo que no fuese sentir en su piel el tacto de su diosa. Una suave brisa acarició su rostro. Una ola de calor invadió su cuerpo. Reconocía en la brisa su espíritu. Cerró los ojos y se dejó envolver, aspirando su aroma, bebiendo de su deseo, llenando su cuerpo con la esencia traída por la brisa del mar. Quería contenerla, darle forma, para vivirla. Bajo su cabeza, la textura de la arena se volvió suave. Una mano acariciando sus rizos lo sacó de su ensueño. Descansaba sobre su regazo. -¿Me echabas de menos? - Alzó su brazo y rodeando su nuca, le atrajo la cabeza hacia la suya; un beso fue su respuesta, un beso que paró el tiempo, un beso que solo Afrodita podía arrancar a un mortal. - Tengo una sorpresa para ti. ¿Vienes? - ¡Llévame! - Dame tu mano. Un suave remolino se formó en torno a ellos. Sus figuras se disolvieron en el aire. Y disueltos en la brisa surcaron la distancia que los separaba del monte Olimpo. Atravesaron, invisibles, la ciudad de los dioses. En el jardín de Afrodita, en una de las glorietas más apartadas, tomaron forma. El aroma de las flores era intenso, era como si pudiera percibirlo con cada poro de su piel. La luz tenía un brillo especial, diferente. En ninguno de sus viajes había visto una luz así, y había estado en muchos lugares. - ¿Dónde estamos? - En mi palacio, en el monte Olimpo. Tenias curiosidad, ¿recuerdas? Hoy te sentarás a mi mesa. Pero antes, quedémonos un rato aquí, debes acostumbrarte a tu envoltura divina. - ¿Divina? - Solo los dioses pueden entrar en el monte Olimpo, así que te he concedido la divinidad por un día. Empezaba a ser consciente y las diferencias se hacían más y más evidentes. Se sentía ligero, tenía consciencia de cada célula de su cuerpo y empezaba a sentir con cada una de ellas el espacio que lo rodeaba. Jamás había experimentado algo tan sensorial. Cerró los ojos para percibir mejor el alrededor. Una densidad llamaba su atención, atrapaba sus sentidos en un remolino de pasión que no le era desconocido, aunque jamás lo había sentido tan intensamente como ahora. Quería poseerla, cada célula de su cuerpo le gritaba ¡tómala! pero no era capaz de mover un solo músculo. La mirada de Afrodita ejercía un poder hipnótico sobre él, controlando su deseo. Quería que disfrutase por completo de sus sensaciones y ello requería un pequeño compas de espera. Pasearon por el jardín. Cada rincón ofrecía una nueva oleada de sensaciones. Poco a poco fue acostumbrándose a su nuevo nivel de percepción, y fue entonces cuando comenzó a apreciar los matices que hasta ahora, perdido en sus descontroladas emociones no había sido capaz de apreciar. Su piel comenzó a emitir ligeros destellos. Ahora sí estaba listo para saborear los placeres del Olimpo. Entraron en el palacio y se dirigieron a la sala. Una mesa impecablemente servida los esperaba. El centro de frutas captó la atención de él. El almuerzo fue todo un festival de sensaciones. El menú era sencillo, vino, verduras y algo de pescado, pero los sabores eran intensos, e intensos los escalofríos que recorrían sus cuerpos cuando se cruzaban sus miradas, o se rozaban sus dedos. - Ven, estaremos más cómodos ahí. Afrodita tomó el centro de frutas y lo llevó a la mesilla que había en la cabecera del diván. Le invitó a echarse en él y ella se sentó al filo. Charlaban, distraídos, jugando a hacerse los inocentes, mientras intercambiaban pequeñas piezas de fruta. Cada bocado alimentaba su deseo, encendía más su fuego; con cada nueva pieza buscaban un poco más el tacto de los labios en sus dedos, y el tacto de los dedos en su piel. Entre risas y juegos, acortaban distancia entre sus cuerpos, hasta que sus bocas estuvieron a escasos centímetros la una de la otra. Instante de anhelo y ansia que los entregó a su pasión; beso de vida en el que se dieron por entero. Acercándose a su oído, Afrodita le susurró: tu diosa te conoce, tu diosa te desea, déjate llevar…aquí eres libre. Y en el tiempo del susurro, se transportaron hasta su alcoba. De pie, junto a la gran cama, Afrodita dejó caer su túnica…

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